La Sala Dorada del Musikverein, Viena. Vía Wikimedia Commons.
Preguntad a una orquesta cuáles son las tres salas con el sonido más hermoso del planeta y la respuesta, con variaciones mínimas, será: el Musikverein de Viena, el Concertgebouw de Ámsterdam, la Symphony Hall de Boston. Tres edificios del siglo XIX, o casi, y los tres con la misma forma elemental: un paralelepípedo alto y estrecho. En la jerga se llama caja de zapatos, y que la mejor acústica jamás lograda habite en la forma más banal es una de las ironías más sólidas de la arquitectura.
El secreto está en las reflexiones laterales. En una sala estrecha, el sonido de la orquesta rebota en las paredes cercanas y llega a los oídos por la izquierda y por la derecha unos pocos milisegundos después del sonido directo: esa doble procedencia es lo que el cerebro traduce en envolvimiento, la sensación de estar dentro de la música y no delante de ella. La altura del techo regala la reverberación larga, de unos dos segundos con la sala llena, que hace florecer los acordes sin empastar los detalles; y las decoraciones que nos parecen mera pompa decimonónica, cariátides, casetones, balconadas, son difusores naturales que desmenuzan las reflexiones y las reparten. El Musikverein se inauguró en 1870, proyectado a oído y por tradición; la ciencia llegó treinta años después, cuando el físico de Harvard Wallace Sabine, midiendo con tubos de órgano y cronómetro, formuló la ley del tiempo de reverberación y la aplicó a la Symphony Hall de Boston, en 1900: la primera sala calculada de la historia, y todavía entre las tres reinas.
El siglo XX intentó rebelarse contra la caja. En 1963 la Filarmónica de Berlín de Scharoun inventó el viñedo: público alrededor de la orquesta, en terrazas escalonadas, democracia de la visión en lugar de la jerarquía del rectángulo. Es el modelo de las grandes salas recientes, de la Elbphilharmonie de Hamburgo a las salas japonesas del acústico Yasuhisa Toyota, y sus mejores resultados son espléndidos. Pero es revelador que, cuando una orquesta quiere grabar un sonido de referencia, o un director habla de la sala de sus sueños, el pensamiento vuelva casi siempre al rectángulo dorado de Viena, el del concierto de Año Nuevo. Ciento cincuenta años de ciencia acústica han servido sobre todo para explicar por qué tenían razón los albañiles de 1870: el sonido, como el vino, envejece mejor en toneles sencillos.
