Enrico Melozzi
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Diapasón sobre caja de resonancia. Vía Wikimedia Commons.

Cuando el oboe da el la y la orquesta se afina, ese sonido vibra cuatrocientas cuarenta veces por segundo. Parece un dato de la naturaleza, como el punto de ebullición del agua. No lo es: es el resultado de un siglo de pleitos internacionales, y la fecha de la sentencia es 1939.

Durante todo el siglo XVIII y la mitad del XIX cada ciudad tenía su la. Los diapasones históricos medidos por los estudiosos cuentan una anarquía total: 409 vibraciones en París en tiempos de Rameau, 422 el diapasón que perteneció a Händel, 436 en La Scala a mediados del siglo XIX, más de 450 en ciertas orquestas vienesas. Y la tendencia era al alza, porque una afinación más tensa hace sonar las cuerdas más brillantes: los constructores subían, los teatros seguían, los cantantes pagaban la cuenta, gritando notas escritas para un mundo medio tono más bajo.

El primero en ponerle una ley fue el Estado francés: en 1859 una comisión con Rossini, Meyerbeer y Berlioz fijó el diapason normal en 435 vibraciones, y Francia lo hizo obligatorio por decreto. Italia intentó bajar más: en 1884 una comisión ministerial recomendó el la a 432, con la bendición explícita de Verdi, que en una carta pidió una sola afinación para todo el mundo musical. De esa carta desciende, deformada, la mitología moderna del 432 como frecuencia cósmica: Verdi no hablaba de vibraciones del universo, hablaba de gargantas de barítonos.

La palabra final llegó en mayo de 1939, en Londres: una conferencia internacional promovida por las organizaciones de radiodifusión fijó el la en 440 hercios. La elección premió la practicidad técnica, los 440 se generaban bien con la instrumentación radiofónica de la época, y en 1955 la ISO la consagró como estándar mundial, la norma ISO 16, todavía en vigor. Naturalmente las orquestas han seguido haciendo de las suyas: Viena y Berlín afinan habitualmente a 443-445, para brillar un poco más que las demás, y las orquestas barrocas han bajado por elección filológica a 415, el semitono inferior, reconstruido a partir de los diapasones de época.

La moraleja conviene tenerla presente cada vez que alguien invoca la naturalidad en la música: el sonido en el que se afinan todas las orquestas del planeta no lo decidió la naturaleza, lo decidieron una comisión de burócratas y una emisora de radio, el año en que estallaba la guerra. Funciona muy bien. Pero es una convención, como los tempos medidos con el latido del pulso: la música está llena de leyes disfrazadas de naturaleza, y reconocerlas es la mitad del placer de escuchar.

Il testo è delIl Coro di Melos di Melos
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