Elias Gottlob Haussmann, retrato de Johann Sebastian Bach, 1746. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
La fuga es la pieza que hace huir a la gente, y el motivo es siempre el mismo: se intenta escucharla como se escucha una canción, es decir, siguiendo la melodía principal, y a los veinte segundos ya no se sabe dónde está la melodía principal. No es un problema de oído. Es que en una fuga la melodía principal no existe en singular, existen tres o cuatro a la vez, y la escucha hay que organizarla de otra manera.
El mecanismo es sencillo y conviene conocerlo de antemano, porque una vez sabido ya no hay vuelta atrás. Al principio hay una sola voz, y esa voz enuncia un tema breve, de cinco a quince segundos. Ese tema se llama sujeto y es lo único que hay que aprender de memoria: dura poco y vuelve durante toda la pieza. Después entra una segunda voz con exactamente el mismo tema, pero desplazado una quinta hacia arriba o una cuarta hacia abajo, mientras la primera sigue haciendo otra cosa por debajo o por encima. Después una tercera. Después una cuarta. La exposición termina cuando todas las voces han dicho el tema una vez.
A partir de ahí el juego es uno solo: el tema desaparece, reaparece en otra tonalidad, vuelve a desaparecer. Las zonas en las que no está se llaman divertimentos y sirven para llevar la música a otra parte. Escuchar una fuga significa, por tanto, hacer una sola cosa: esperar el regreso del sujeto, reconocerlo cuando llega y darse cuenta de en qué voz ha llegado. Es una caza, no una contemplación.
Un consejo práctico que lo cambia todo: en la primera escucha no sigas nunca la voz más aguda. El oído va hacia ella por sí solo, y es la mejor manera de perderse. Sigue el bajo. La voz grave de una fuga es la que menos se mueve y la que sostiene la estructura, y cuando el sujeto entra en el bajo lo notas como un golpe, porque debajo no hay nada más. Quien aprende a quedarse en el bajo entiende la mitad de la música occidental, no solo las fugas.
Después están los trucos que los compositores usan cuando la pieza va por la mitad y hace falta subir la apuesta. El stretto: las voces entran con el tema una encima de otra sin esperar a que la anterior lo haya terminado, y el efecto es de aglomeración, de gente que habla por encima de quien no ha acabado la frase. La aumentación: el tema vuelve con los valores duplicados, es decir, a la mitad de velocidad, normalmente en el bajo, y se vuelve monumental. La disminución, que es lo contrario. Y el movimiento contrario, es decir, el tema invertido: donde subía, baja. Son cuatro efectos reconocibles sin saber nada de teoría; basta saber que existen.
Por dónde empezar, si se quiere hacer el experimento esta noche. No por El clave bien temperado, que tiene fugas bellísimas pero a menudo a cuatro voces y muy ceñidas. Mejor empezar por El arte de la fuga, el primer número, que es la fuga más desnuda que escribió Bach: un tema sencillísimo en re menor, cuatro voces, todo al descubierto, y construida precisamente para que se vea cómo funciona. Bach la dejó inconclusa y el volumen salió póstumo en 1751, con el último contrapunto interrumpido a media frase, y en ese punto de la partitura su hijo Carl Philipp Emanuel escribió a mano que aquí el autor había muerto.
Tercera escucha, y sirve para entender que la fuga no es una reliquia. En el final de la Sinfonía n.º 41 de Mozart y en la mitad de las bandas sonoras de persecución de los últimos cuarenta años el procedimiento es el mismo: entradas escalonadas, acumulación, stretti. El cine entendió antes que la sala de conciertos que esa forma sirve para construir tensión, porque el oído percibe la acumulación de voces como un aumento de presión aunque no sepa por qué.
Una última cosa. Si en la primera escucha te pierdes igualmente, no pasa nada, te pierdes. La fuga es la única forma musical que se aprende volviendo a escuchar cinco veces la misma pieza en lugar de escuchar cinco distintas. A la tercera vez el tema empieza a saltar solo, y entonces ocurre lo extraño: ya no puedes dejar de oírlo.
