Enrico Melozzi
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Antonio Vivaldi, «Il cimento dell’armonia e dell’inventione», op. 8, libro primero. Bibliothèque nationale de France, Gallica, vía Wikimedia Commons (dominio público).

En 1926 el Colegio salesiano de San Carlos, en Borgo San Martino, en la provincia de Alessandria, necesita dinero para unas obras. En el patrimonio de la casa hay unas viejas colecciones de música, llegadas allí por legado y nunca miradas por nadie. Se decide venderlas y se solicita una tasación a la Universidad de Turín. El profesor que abre los volúmenes se llama Alberto Gentili, enseña historia de la música, y comprende en pocas páginas que tiene delante manuscritos autógrafos de Antonio Vivaldi.

No uno o dos. Catorce volúmenes, con obras enteras, conciertos, música sacra, casi toda desconocida. Hasta ese momento Vivaldi era para los estudiosos europeos poco más que un nombre dentro de las transcripciones de Bach: se conocían las colecciones impresas en vida, y nada más.

Gentili se da cuenta enseguida de dos cosas. La primera es que aquello no debe salir de Italia, y en 1926 el mercado anticuario internacional se lo habría llevado en una semana. La segunda, mirando las numeraciones de los volúmenes, es que la colección es la mitad de algo: falta la otra mitad.

Para la primera parte encuentra a un particular dispuesto a comprar y a donarlo todo a la Biblioteca Nacional de Turín: el hombre de negocios Roberto Foà, que pone una sola condición, que el fondo lleve el nombre de su hijo Mauro, muerto de niño. El fondo Foà entra en la biblioteca en 1927.

Luego comienza la caza de la otra mitad, que dura cuatro años y parece una novela. Gentili reconstruye el recorrido de los volúmenes hacia atrás, desde el colegio salesiano hasta una herencia nobiliaria, y llega a Génova, a casa de los Durazzo, donde los volúmenes que faltaban llevan generaciones. El propietario no tiene ninguna intención de vender. Hacen falta años de negociación, y al final, en 1930, los trece volúmenes restantes llegan a Turín gracias a un segundo mecenas, Filippo Giordano, con exactamente la misma condición: el fondo se llamará como su hijo Renzo.

El resultado es el mayor fondo vivaldiano del mundo, veintisiete volúmenes, casi todos autógrafos, con unos trescientos conciertos, una quincena de óperas, cantatas, oratorios, música sacra. Dentro está también el Gloria en re mayor, hoy la pieza coral más interpretada de Vivaldi, que antes de 1926 nadie vivo había oído. El redescubrimiento de Vivaldi en el siglo XX empieza aquí, materialmente: sin esos dos hombres de negocios y ese profesor, el Vivaldi que hoy se toca en todas partes no existiría.

Hay una coda que merece contarse porque está en los documentos y durante décadas no se dijo. Alberto Gentili era judío. Con las leyes raciales de 1938 fue expulsado de la universidad, y su nombre fue borrado del relato oficial del descubrimiento. Murió en Turín en 1954, tras haber vuelto a su cátedra. En los escritos posteriores el mérito se atribuyó durante mucho tiempo a otros, y la reconstrucción filológica del episodio no llegó hasta mucho más tarde.

El fondo se consulta en la Biblioteca Nacional Universitaria de Turín y una parte creciente está digitalizada. Quien abre las reproducciones de los autógrafos encuentra lo que más impresiona de Vivaldi y que ninguna edición moderna restituye: la prisa. Grafía rápida, abreviaturas, indicaciones reducidas a lo esencial, correcciones hechas encima sin raspar. Son papeles de trabajo de un hombre que entregaba, no hojas preparadas para la posteridad.

En la biblioteca de Melos este es el caso que explica por qué nos ocupamos de archivos. Entre el momento en que una música deja de ejecutarse y el momento en que alguien vuelve a abrir la caja pueden pasar ciento setenta años. El patrimonio no es lo que ha sobrevivido: es lo que alguien se ha tomado la molestia de ir a buscar.

Il testo è delIl Coro di Melos di Melos
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