Richard Wagner. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Riga, verano de 1839. Richard Wagner tiene veintiséis años, un puesto de director en el teatro de la ciudad que acaba de perder, una esposa, Minna, un perro terranova llamado Robber y una cantidad de deudas tal que los acreedores han conseguido el embargo de su pasaporte: de la Rusia zarista, sin documentos, no se sale. Wagner hace lo que hará toda su vida ante un obstáculo: lo rodea ilegalmente. Con la ayuda de un amigo, los tres, esposa y perro incluidos, cruzan de noche la frontera ruso-prusiana, una zanja vigilada por cosacos armados, corriendo en la oscuridad. Luego, desde un puerto prusiano, embarcan a escondidas en un barco mercante, el Thetis, rumbo a Londres: siete hombres de tripulación, ningún camarote de pasajeros, un perro izado a bordo con una cuerda.
El viaje, que debía durar ocho días, duró más de veinte. Tres tormentas, una parada forzosa en un fiordo noruego, la tripulación convencida de que los polizones traían mala suerte. Y aquí la biografía entrega una de sus páginas más novelescas, que por una vez está documentada con profusión por el propio interesado: Wagner cuenta en Mein Leben cómo el eco de las llamadas de los marineros en el fiordo, rebotado por las paredes de granito, y el terror de las tormentas se le fueron depositando encima, y cómo de aquel viaje nació El holandés errante, la ópera del barco fantasma condenado a vagar por los mares. Toda memoria wagneriana debe manejarse con pinzas, pues el autor fue el más genial falsificador de sí mismo del siglo XIX; pero la ruta, las fechas y el Thetis son reales, y El holandés llegó puntual tres años después.
La fuga de Riga no fue un episodio: fue el modelo. Wagner se pasó la vida huyendo: de los acreedores de Magdeburgo, de los de París, donde le aguardaba la miseria de verdad, de la policía sajona tras los levantamientos de 1849, de los acreedores de Viena en 1864, salvado en el último momento por el rey de Baviera. La relación entre sus deudas y su música es uno de los grandes temas morales de la historia del arte: un hombre que consideraba el lujo una necesidad creativa, la seda y los perfumes condiciones de trabajo, y el dinero ajeno un adelanto que el futuro le debía. El futuro, hay que decirlo, ha pagado: Bayreuth existe, y los acreedores han muerto todos. Pero queda la pregunta que el caso Wagner plantea sin respuesta cómoda: ¿cuánto genio hace falta para justificar una cuenta semejante presentada al prójimo? La respuesta de Melos es que no se justifica nada: es solo éxito, y es distinto. La música no salda las deudas. Las vuelve, como mucho, interesantes; y aquella noche de carrera en la zanja, con el perro y la esposa, sigue siendo la mayor escena de ópera que Wagner vivió en lugar de escribirla.
