Portada de la primera edición Sonzogno de «Cavalleria rusticana», 1890. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
El 2 de enero de 1842 sale en Milán el primer número de la Gazzetta musicale di Milano, y el editor no es un periodista: es Giovanni Ricordi, el más poderoso impresor de música de Italia, el hombre que había empezado copiando las partes de La Scala. El periódico durará sesenta años, hasta 1902, y durante todo ese tiempo será la voz más autorizada de la crítica musical italiana. Con un detalle que hoy haría saltar por los aires cualquier colegio de periodistas: pertenecía a la casa editorial que vendía las óperas de las que hablaba.
Hojearla, y la biblioteca de Melos conserva sus volúmenes anuales en reproducción en el estante de las publicaciones periódicas, es un curso acelerado de historia del gusto y de conflicto de intereses. Se encuentran los análisis más serios del siglo, firmados por críticos de verdad e incluso por Boito; las crónicas de estrenos de media Europa; las necrológicas solemnes y las polémicas sobre el futuro de la ópera. Y se encuentra, con regularidad, la promoción del catálogo de la casa: Verdi defendido como un título de Estado, las novedades de Ricordi acompañadas en su debut con desvelos maternales, y los compositores de la competencia, los del editor Sonzogno, con Mascagni a la cabeza, tratados con la frialdad que se reserva a los productos ajenos. Sonzogno, no por casualidad, respondió fundando sus propios periódicos: las dos casas se hicieron la guerra también a golpe de reseñas, y el público italiano aprendió a leer la crítica como hoy se leen las puntuaciones de la prensa deportiva, sabiendo de qué equipo era el periódico.
Sería fácil despachar todo como marketing disfrazado. La verdad es más interesante: la Gazzetta fue a la vez el mejor periodismo musical del siglo y un instrumento comercial, y las dos naturalezas no se dejaban separar. Es el pecado original de la crítica musical, y quien crea que es un problema de anticuario que mire el presente: las publicaciones especializadas viven de la publicidad discográfica y de las invitaciones de los teatros, las listas de streaming las elaboran quienes venden el streaming, y los algoritmos que recomiendan música pertenecen a quienes la distribuyen. El conflicto ha cambiado de vestido, no de oficio.
La lección que hay que llevarse a casa, para un lector de hoy como para uno de 1842, es la higiene básica: preguntarse siempre quién paga la pluma. No por cinismo, sino para leer mejor: sabiendo desde dónde hablaba, la Gazzetta sigue siendo una mina maravillosa, y sin los periódicos rivales de Sonzogno no entenderíamos el verismo. Un periódico declaradamente parcial y hecho de maravilla informa más que uno que se declara neutral y no lo es: esta revista, que es parcial por estatuto y lo declara en cada página, le debe a la Gazzetta más de lo que le gusta admitir.
