En julio de 1720 Johann Sebastian Bach regresó a Köthen desde Carlsbad, adonde había acompañado a las termas a su príncipe, Leopoldo de Anhalt-Köthen. Había partido dejando en buena salud a su esposa, Maria Barbara. La encontró muerta y ya sepultada: el registro de la iglesia de Santiago anota el entierro el 7 de julio. La necrología que su hijo Carl Philipp Emanuel y Johann Friedrich Agricola escribieron tras la muerte de Bach cuenta el regreso en pocas líneas secas, sin decir de qué había muerto. Ese mismo año Bach pasó a limpio seis piezas para violín y en la portada escribió, en un italiano de cancillería: Sei Solo à Violino senza Basso accompagnato. Debajo, la fecha: 1720.
Sin bajo. La fórmula es literal, y encierra el enigma de la pieza más célebre de la colección, la Chacona que cierra la Partita n.º 2 en re menor, BWV 1004. Una chacona, por definición, es una danza construida sobre un bajo ostinato: una breve fórmula en el registro grave que vuelve igual, o casi, mientras arriba cambia todo. De Monteverdi a Purcell ese bajo se oye: lo tocan el violonchelo, la viola da gamba, la mano izquierda del clavecinista. Bach quita precisamente eso. Quedan cuatro cuerdas y un arco, y nadie debajo.
El documento, es decir, la partitura, tiene una regularidad casi notarial. Sesenta y cuatro variaciones de cuatro compases cada una, más el compás final: doscientos cincuenta y siete compases en total. Cada variación parte de la tónica, re, y llega a la dominante, la, que la variación siguiente resuelve. Las variaciones se agrupan en tres bloques: treinta y tres en re menor, hasta el compás 132; diecinueve en re mayor, hasta el 208; doce de nuevo en menor, hasta el final. Por debajo de todo corre el gesto más antiguo del lamento barroco, el descenso de cuatro notas re, do, si bemol, la. Es el tetracordo sobre el que lloran la ninfa de Monteverdi y la Dido de Purcell. Bach lo escribe por extenso solo en raras ocasiones. La mayoría de las veces lo insinúa con una nota tomada al vuelo en la cuerda grave, o lo deja del todo sobreentendido.
Aquí está la manera de escucharla, y bastan cinco minutos para aprenderla. Los primeros ocho compases exponen el tema con acordes plenos, sobre el ritmo grave de la zarabanda, que apoya el acento en el segundo tiempo. Hay que escucharlos como se memoriza un número de teléfono: cuatro notas que descienden, una llegada al la cada cuatro compases. A partir de ahí el violín corre en semicorcheas, luego en fusas, salta de registro, finge dos voces y luego tres, y el oído novato se agarra al agudo y se pierde. El truco es el contrario: tener presente el descenso y esperar cada cuatro compases la llegada a la dominante, como se cuentan las olas. El bajo que el violín no toca lo pone quien escucha. Hacia la mitad de la pieza llega el re mayor en el compás 133: la escritura vuelve casi desnuda, luego empieza a espesarse otra vez hasta alcanzar sonoridades de órgano. En el último bloque está el pasaje que todos los violinistas temen, el bariolage, en el que una cuerda al aire se repercute sin descanso mientras otra se mueve: el bajo ostinato se convierte por unos compases en una nota fija que vibra bajo la melodía. Luego el tema inicial vuelve idéntico, y la pieza se cierra en re.
El siglo XIX no se fió de ese vacío. El 8 de febrero de 1840, en el Gewandhaus de Leipzig, Ferdinand David tocó la Chacona en público y Felix Mendelssohn le improvisó debajo un acompañamiento de piano; años después salió impresa una versión escrita, que circuló durante décadas. Robert Schumann escribió acompañamientos para las seis composiciones. El bajo ausente parecía una laguna que había que llenar. Johannes Brahms lo entendió al revés, como la sustancia de la pieza. En 1877 hizo una transcripción para la sola mano izquierda y se la envió a Clara Schumann, explicándole que en un solo pentagrama, para un instrumento pequeño, aquel hombre había escrito un mundo entero de pensamientos profundísimos y de sentimientos potentísimos. Solo tocándola con la izquierda, añadía, la dificultad y el tipo de técnica le hacían sentir que era un violinista.
Queda Maria Barbara. La musicóloga alemana Helga Thoene ha leído en la Chacona un tombeau por la esposa muerta, con citas cifradas de corales fúnebres luteranos escondidas entre las notas. Otros estudiosos, entre ellos Peter Williams, han objetado que esos cálculos pueden aplicarse a casi cualquier página densa de Bach. Las fechas coinciden, las pruebas faltan. El manuscrito autógrafo, hoy en la Staatsbibliothek de Berlín con la signatura P 967, lleva el título, el nombre del autor y el año 1720. Ninguna dedicatoria.
