por Samuele Guerzoni
Berlín, 4 de octubre de 1892. Se inaugura la sala de conciertos de Carl Bechstein, y la abre Hans von Bülow con un recital de piano: en el programa, entre otras piezas, la Fantasía en do menor de Mozart y la Sonata op. 81a de Beethoven, «Les Adieux». Será su último recital. En la sala, quizá, hay también juristas aficionados a la música que antes del concierto discutían sobre aquel Código Civil alemán aún no aprobado, pero ya en el centro de tantas polémicas.
Para entender la escena hay que dar un paso atrás de casi un siglo y preguntarse qué son la forma sonata y la forma código. Tras estos dos términos técnicos se encuentran dos de los productos más ambiciosos de la música y del derecho. Pertenecen a disciplinas lejanas, y sin embargo tienen mucho en común. Ambas viven su apogeo entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, en el mundo de lengua alemana. Ambas son formas lineales: solo se comprenden si las secciones que las componen siguen un orden preciso, una estructura dada de antemano. Y en torno a cada una se mueve una gran figura de la cultura europea: el compositor Ludwig van Beethoven (1770-1827) y el jurista Friedrich Carl von Savigny (1779-1861).
Veámoslas de cerca.
La forma sonata es el emblema del clasicismo vienés, la época de Haydn, Mozart y Beethoven, cuando Viena era uno de los centros culturales de Europa. Se compone de tres secciones: exposición, desarrollo y reexposición. La exposición presenta los objetos musicales que caracterizarán la pieza, el desarrollo los elabora, la reexposición los devuelve al estado inicial, una especie de final feliz tras las peripecias del desarrollo. La comparación con el relato no es casual: los temas, los objetos más importantes de la forma sonata, funcionan como los personajes de una historia. Por lo general son dos, dialogan entre sí y tienen caracteres contrastantes, el primero más enérgico, el segundo más cantabile.
La forma código es, en cambio, un conjunto de normas jurídicas reunidas en una única fuente que regula todo un ámbito del derecho. Hija de la Revolución francesa, encuentra en el Código Civil napoleónico de 1804 el modelo de todos los códigos modernos, y marca una verdadera ruptura con el pasado. Por una parte, la completitud: el juez debe encontrar en el código la respuesta a cualquier caso. Por otra, la exclusividad: con el código pierden valor las demás fuentes que antes de la Revolución concurrían a resolver una controversia (técnicamente se habla de derogación). La linealidad, aquí, hace que cada institución jurídica se defina primero en sus rasgos esenciales y solo después se regule en sus detalles.
Vayamos al paralelismo. Beethoven es el eslabón entre la cultura musical del siglo XVIII y el Romanticismo. Desde 1809, la pensión vitalicia que le garantizan el archiduque Rodolfo y los príncipes Lobkowitz y Kinsky le permite dedicarse a la composición con una libertad que ningún músico había conocido antes. Legendaria, pero por desgracia cierta, su sordera, que transforma progresivamente su relación con el sonido: la música ya no pasa por el oído, se convierte en dominio de la imaginación.
¿Cuáles son sus innovaciones? En primer lugar, empieza a resquebrajarse justamente esa linealidad que es el corazón de la forma sonata. Las tres secciones permanecen, pero en su interior cambian las relaciones de fuerza entre las partes más pequeñas, y lo que debía tener una función secundaria puede llegar a ser tan importante como lo esencial. La transición, por ejemplo, el pasaje que enlaza los dos temas de la exposición, en el Beethoven maduro tiene a menudo un tema propio. En segundo lugar, con la multiplicación de los temas, las sonatas alcanzan dimensiones impensables para sus predecesores: la Sonata op. 106, la «Hammerklavier», dura más o menos cuarenta minutos. Quien lo dude, que lo compruebe.
Savigny mira el derecho como el resultado de una lenta estratificación de fuentes distintas a lo largo del tiempo. Por un lado toma como modelo el derecho romano, el derecho elaborado en Roma durante el milenio que va del siglo V a. C. al siglo V d. C.; por otro, ve en el derecho, como en la lengua, un producto del espíritu del pueblo, crecido a través de la costumbre. Y la costumbre, a diferencia de la ley, nace de un comportamiento constante y uniforme, repetido en el tiempo por una comunidad convencida de que ese comportamiento es una obligación. Por eso Savigny desconfiaba del código: temía que cristalizara, es decir, detuviera, el desarrollo del derecho alemán. El Código Civil alemán entrará en vigor de todos modos, el 1 de enero de 1900, una fecha elegida no por casualidad, al filo del cambio de siglo.
Hemos fotografiado un lugar y un tiempo en los que entre la forma sonata y la forma código existía un vínculo objetivo, y entre Beethoven y Savigny un vínculo más sutil: los dos, cada uno en su campo, heredan una forma nacida para poner orden y la ponen a prueba, uno forzándola desde dentro, el otro desconfiando de ella abiertamente. Es la Alemania del siglo XIX, cuna de reflexiones que marcarían también el siglo siguiente. Pero de esto, quizá, se pueda hablar en un próximo artículo.
