Anton Bruckner. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Viena, 1888. Los restos de Beethoven y de Schubert son trasladados del cementerio de Währing al nuevo cementerio central, y a la apertura de los ataúdes asiste, por insistencia propia, un señor de sesenta y cuatro años con la cabeza rapada y modales de sacristán de pueblo: Anton Bruckner, el mayor sinfonista vivo del imperio. Los testigos, recogidos por sus biógrafos Göllerich y Auer, cuentan que se abrió paso, tomó entre las manos el cráneo de Beethoven y lo sostuvo largo rato, con devoción, hasta que lo convencieron de devolverlo a su sitio. Con Schubert, poco después, la escena se repitió. No era la primera vez: ya en la exhumación de 1863 había hecho todo lo posible por estar presente.
Es la anécdota más macabra de la música del siglo XIX, y sería fácil reírse o espantarse. Más interesante es comprenderla. Bruckner venía de la provincia austriaca más devota, donde el culto de las reliquias era religión cotidiana: para él tocar aquellos cráneos no era morbosidad, era exactamente lo que hace un peregrino con los huesos de un santo. Sus santos eran aquellos. Y su psique, hay que decirlo con el respeto debido, convivía con obsesiones documentadas: la manía de contar, ventanas, hojas, compases de sus propias sinfonías, las crisis que en 1867 lo llevaron a una verdadera cura, las revisiones infinitas de las partituras bajo el juicio ajeno. El hombre que consoló y apoyó al joven Hans Rott era frágil de un modo que su siglo no sabía nombrar.
El testamento cierra la historia con una coherencia que ningún novelista se atrevería a imaginar. Bruckner dispuso que su cuerpo, embalsamado, fuera depositado en la cripta de la abadía de Sankt Florian, donde había sido niño cantor: exactamente bajo el gran órgano que había tocado durante veinte años. Allí sigue, bajo toneladas de tubos, en el punto donde el suelo vibra cuando el órgano suena a pleno pulmón. El hombre que quería tocar las reliquias de sus santos se ha convertido en la reliquia de su propio instrumento: pedía a los muertos la cercanía que los vivos le daban tan mal, y al final se la construyó para la eternidad, al fondo de una iglesia, bajo la música.
