Enrico Melozzi
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de Lorenza Civitareale

El 22 de noviembre de 1968 sale un single destinado a hablarle al corazón de Estados Unidos: If I Can Dream, de Elvis Presley. Once días después, el 3 de diciembre, América lo oye cantar al cierre del especial televisivo de la NBC que lo devuelve al escenario tras años de películas. La comparación puede parecer arriesgada, pero aquella canción hizo por su país algo parecido a lo que la Novena Sinfonía de Beethoven hizo en 1824 por su público: tomó los sentimientos y los ideales de una época y los convirtió en música para todos.

¿Cómo se llega a un acercamiento así? La música culta, la que llamamos comúnmente música clásica, se reconoce por la complejidad con que usa sus parámetros: melodía, armonía, timbre, dinámica. Y a menudo por el vínculo con la historia que sucede a su alrededor. En la Quinta y en la Novena de Beethoven encontramos los ideales de toda una época. Con If I Can Dream ha pasado algo parecido.

1968 es uno de los años más violentos de la historia estadounidense. El 4 de abril, en Memphis, matan a Martin Luther King. El 5 de junio, en Los Ángeles, le llega el turno a Robert Kennedy, candidato a la presidencia, cinco años después del asesinato de su hermano John. En este clima nace If I Can Dream: la letra la escribe Walter Earl Brown pensando en Elvis y en su dolor por la muerte de King, la música y la orquestación llevan la mano del compositor Billy Goldenberg. La canción debe decir una sola cosa: toda esta violencia tiene que terminar.

Era una pieza distinta de las que Elvis había cantado hasta entonces. No bastaba la banda: en el estudio, en Hollywood, en junio de 1968, a la base grabada por los músicos de sesión más solicitados de Los Ángeles se suman una orquesta y un coro. El motivo estaba claro desde el principio: hacía falta la potencia de una orquesta para que aquella música llegara a todos. Es el mismo camino que la música clásica había recorrido siglos antes, cuando de las estancias de los palacios, para unos pocos oyentes, pasó a las grandes salas de concierto, con plantillas cada vez más vastas, para llegar a más oídos y golpear más hondo.

Pero hay un parámetro, en If I Can Dream, en el que vale la pena detenerse: la dinámica. Quien tenga la canción en los oídos recuerda el arranque: una trompeta sola que toca una melodía tímida, casi apagada, como para llamar la atención sin molestar. Es un gesto que recuerda el comienzo de Así habló Zaratustra de Richard Strauss, donde las trompetas se alzan sobre un retumbo grave y la orquesta, compás tras compás, crece hasta estallar en un acorde triunfal. También la canción de Elvis parte de esa trompeta, luego entra la sección rítmica, luego la voz, y con la voz la orquesta y el coro. La trompeta nunca se convierte en protagonista, pero queda doblada, y la intensidad sube hasta la explosión final. Solo que aquí, como dicen la letra y la historia, la explosión no es un triunfo: es una petición de ayuda desesperada.

La música culta se esconde en estos matices de la música de consumo, y llega a influir incluso en la que culta no es. Hay perlas de música de arte en nuestra vida cotidiana que no sabemos captar; pero si escuchamos con atención encontramos cientos. La música clásica no ha muerto, y no está condenada a quedarse encerrada en una sala de conciertos: ha atravesado los años y las personas, y se ha sentado en medio de nosotros.

Pensándolo bien, los grandes compositores que han hecho la historia de la música, Mozart, Beethoven, Schubert, no son tan distintos de las estrellas del rock. Permitidme entonces decirlo: Beethoven es rock, y Elvis, a su manera, un clasicista.

Il testo è delIl Coro di Melos di Melos
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