Las Suites para violonchelo solo de Bach en la copia manuscrita de Anna Magdalena Bach. Berlín, Staatsbibliothek. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Barcelona, 1890. Un muchacho de trece años, llegado dos años antes desde El Vendrell para estudiar en la Escuela Municipal de Música, pasa las noches tocando el violonchelo en un trío del Café Tost, siete días a la semana. Un día, paseando con su padre, entra en una tienda de música usada cerca del puerto y rebusca entre las partituras. Sale con un volumen impreso en Leipzig: las seis Suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, en la edición de Friedrich Grützmacher. El muchacho se llama Pau Casals, y de viejo contará que aquella escena nunca se le desdibujó.
La historia que se repite desde entonces dice que Casals redescubrió las Suites. El volumen que se llevó a casa aquel día dice otra cosa. Esa música llevaba más de sesenta años impresa. La primera edición había salido en París hacia 1824, en Janet et Cotelle, con un título que ya es un juicio: Six Sonates ou Études pour le violoncelle solo. En 1826 Dotzauer había preparado una en Leipzig para Breitkopf. En 1866 Grützmacher, violonchelista de Dresde, las había publicado en Peters en una versión declaradamente de concierto, con acordes añadidos, portamentos marcados, pasajes recompuestos y una Courante reescrita de principio a fin. La edición que encontró Casals era la de Grützmacher y, según las investigaciones más recientes, precisamente la de concierto: un volumen moderno, impreso por un gran editor alemán y que había ido a parar al mostrador de segunda mano.
Las Suites, pues, no estaban perdidas. Lo que faltaba era el autógrafo de Bach, eso sí, y sigue faltando. Nos quedan cuatro copias del siglo XVIII, la más conocida de mano de Anna Magdalena, la segunda esposa, otra del organista Johann Peter Kellner, y entre ellas divergen en las arcadas y las articulaciones tan a menudo que no se puede establecer un texto definitivo. Pero en los conservatorios del siglo XIX la música circulaba, y algún violonchelista, Grützmacher entre los primeros, había llegado a tocar en público una suite entera. El estudioso francés Martin Barré ha mostrado que durante todo el siglo las Suites no dejaron nunca de tocarse. Lo que cambiaba era su rango. Eran ejercicios para los dedos, piezas de estudio, a lo sumo un bis de salón con un acompañamiento de piano añadido para hacerlas presentables.
Casals no encontró una música. Encontró una manera de tomársela en serio. Las estudió cada día durante más de una década antes de aventurarse a tocar una en concierto, y cuando lo hizo las tocó como la arquitectura de un compositor que habla solo, sin bajo y sin nadie que lo sostenga. Es una diferencia de intérprete, no de archivista, y es la única que explica lo que ocurrió después. El repertorio del violonchelo en el siglo XX se ha construido en torno a estos seis libros, y todo violonchelista posterior, de Rostropóvich en adelante, ha tenido que medirse con la lectura de Casals antes que con la partitura.
Las grabaciones llegaron tarde, y en medio de una guerra. En el verano de 1936 la guerra civil disolvió la orquesta que Casals había fundado en Barcelona, y él empezó a recorrer Europa, y luego Sudamérica, con conciertos benéficos para conseguir comida, ropa y medicinas. En el otoño de ese mismo año entró por primera vez en un estudio de grabación con las Suites. Era Abbey Road, en Londres, y grabó la segunda y la tercera. Las demás siguieron en París, la primera y la sexta en 1938, la cuarta y la quinta en 1939, el año en que tomó el camino del exilio a Prades.
Cuando entró en Abbey Road, Casals tenía cincuenta y nueve años. Desde el día de la tienda cerca del puerto habían pasado cuarenta y seis.
