Alma Mahler. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
En diciembre de 1901 Gustav Mahler, director de la Ópera de Viena, de cuarenta y un años, escribe a Alma Schindler, de veintidós y prometida suya desde hacía pocas semanas, una carta de unas veinte páginas que es uno de los documentos más escalofriantes de la historia de la música. Alma compone: canciones, estudiadas con Alexander Zemlinsky, con un talento que quienes las han oído juzgan verdadero. Gustav deja las cosas claras antes de la boda: en casa habrá un solo compositor. El papel de ella será otro, y se lo escribe textualmente: a partir de ahora tienes una sola profesión, hacerme feliz. Le pide que le entregue la respuesta por escrito.
Alma, anota en su diario, lloró toda la noche. Después aceptó. Se casaron en marzo de 1902, y durante ocho años la mujer más cortejada de Viena fue la copista de su marido, la madre, la señora de la casa de sus silencios veraniegos de trabajo. Sus canciones quedaron en el cajón.
La factura llegó en el verano de 1910, y fue carísima. Alma, en una cura termal, conoció a un joven arquitecto, Walter Gropius; la relación salió a la luz del modo más novelesco, con una carta de amor de él entregada por error, o por lapsus, al marido. Mahler se hundió en una crisis tal que hizo algo inaudito para la época: pidió una consulta a Sigmund Freud, y la obtuvo, una tarde de agosto, paseando durante cuatro horas por las calles de Leiden, en Holanda. El encuentro está documentado por la correspondencia de ambos. Algo, en esas cuatro horas, se movió: Mahler volvió a casa, retomó las canciones de su mujer, declaró que se había equivocado en todo, eligió cinco y las hizo publicar por su propio editor. En el manuscrito de la inconclusa Décima sinfonía, escrita en esos meses, quedan invocaciones a Alma trazadas a lápiz que ningún biógrafo logra citar sin embarazo.
Murió nueve meses después, en mayo de 1911. De Alma Mahler compositora quedan diecisiete canciones publicadas en total: el resto del catálogo es el silencio más famoso de la música del siglo XX, y no fue el único: medio siglo antes Clara Schumann había escrito que creía que una mujer no debía pretender componer, y también ella había dejado de hacerlo. Las diecisiete canciones supervivientes hoy se interpretan y se graban, y cada vez la pregunta es la misma, sencilla y sin respuesta: cuántas faltan. Es el único caso en que el catálogo más importante de un compositor es el que no existe.
