Un concierto de Berlioz en el Cirque Olympique des Champs-Élysées, grabado de 1845. Gallica, Bibliothèque nationale de France, vía Wikimedia Commons (dominio público).
Quien abre el programa de mano de un concierto sinfónico encuentra casi siempre la misma arquitectura: cuatro movimientos, un rápido, un lento, una danza, un final. Nadie la decidió sobre el papel. Es el resultado de un par de siglos de tentativas, y entender cómo se formó es la manera más rápida de orientarse dentro de cualquier sinfonía, de Haydn a Mahler.
Al principio la palabra sinfonía no designaba un género sino un servicio. En los teatros italianos de principios del siglo XVIII la sinfonia avanti l’opera era la pieza instrumental que se tocaba para que la gente se sentara: tres secciones, rápida, lenta, rápida, sobre el modelo fijado en Nápoles por Alessandro Scarlatti. Funcionaba tan bien que alguien empezó a ejecutarla sola, sin la ópera detrás. La pieza de apertura se había comido la velada.
El cuarto movimiento viene de Alemania. A mediados del siglo XVIII la orquesta de Mannheim, la más disciplinada de Europa, y compositores como Johann Stamitz tomaron la costumbre de intercalar un minueto entre el tiempo lento y el final. Era la danza más elegante de la época, el público la reconocía a la primera escucha, y daba a la velada un momento de respiro mundano. Haydn, que escribió ciento seis sinfonías, hizo de ese esquema una casa: primer movimiento en forma sonata, es decir, el razonamiento, el lugar donde dos ideas se presentan, discuten y se reconcilian; tiempo lento, es decir, el aria, el canto que en la ópera habría correspondido a la voz; minueto, es decir, el cuerpo, la danza; final, es decir, la despedida, a menudo un rondó de tema fácil, construido para ser silbado al salir.
Beethoven heredó la estructura y le cambió la sangre. El minueto, demasiado cortés, se convirtió en scherzo: misma posición, velocidad doble, ironía en lugar de reverencia. A partir de ahí las excepciones se cuentan precisamente porque la regla se había vuelto de hierro: la Sexta tiene cinco movimientos, porque la tormenta no cabía en el esquema; la Novena lleva dentro un coro; la Patética de Chaikovski tiene el valor de acabar con el tiempo lento, y todavía hoy en la sala alguien aplaude en el punto equivocado. La arquitectura en cuatro movimientos es una máquina para crear expectativas, y quien la conoce siente con precisión el momento en que un compositor la respeta y aquel en que la traiciona.
El consejo de escucha es tomar una sinfonía de Haydn, cualquiera, y escucharla sabiendo solo esto: primer movimiento el razonamiento, segundo el canto, tercero la danza, cuarto la despedida. Quien quiera entrar en el detalle del primer movimiento encuentra en Melos la guía de la forma sonata, la del truco de la cadencia rota y las seis diferencias entre una orquesta de época y una moderna. Cuatro movimientos, cuatro maneras de estar en el mundo: el resto es variación.
