Robert Schumann, litografía de Josef Kriehuber, 1839. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Düsseldorf, lunes de carnaval, 27 de febrero de 1854. Mientras la ciudad está en la calle con máscaras, Robert Schumann sale de casa en bata y zapatillas, bajo la lluvia, camina hasta el puente de barcas sobre el Rin y se arroja al río. Unos barqueros lo sacan casi enseguida. Devuelto a su casa, en los días siguientes pide él mismo que lo lleven a una casa de salud: teme hacer daño a las personas que ama. El 4 de marzo ingresa en la clínica del doctor Richarz en Endenich, cerca de Bonn. No saldrá más: muere allí el 29 de julio de 1856, a los cuarenta y seis años.
Los días previos al gesto están documentados con una precisión que encoge el corazón, porque en aquella casa se llevaban diarios. Desde hacía semanas Schumann oía sonidos que no existían: primero una sola nota, obstinada, luego coros, luego una melodía que dijo dictada por los ángeles. La transcribió, y escribió sobre ella las variaciones para piano que serían su última obra, hoy conocidas como Variaciones de los espíritus. El tema es de una calma irreal, y es casi idéntico a un canto que ya había usado en el Concierto para violín: los ángeles, como suele ocurrir, le citaban Schumann a Schumann.
La parte más dura de la historia concierne a Clara. Los médicos de Endenich, siguiendo las convicciones de la época, le impidieron visitar a su marido durante casi todo el ingreso: volvió a verlo dos días antes de su muerte, después de dos años y medio. Entretanto, yendo y viniendo entre la clínica y la familia, había un joven de veintiún años a quien Schumann acababa de consagrar en su revista como el futuro de la música: Johannes Brahms. Las cartas entre Brahms y Clara en aquellos meses son uno de los grandes epistolarios del siglo XIX, y lo que sigue, la amistad absoluta y nunca nombrada que los unió durante cuarenta años, es una historia que esta revista contará aparte. Clara, que se quedó sola con siete hijos, volvió al piano e inventó el concierto moderno.
Durante más de un siglo la enfermedad de Schumann se ha novelado como el precio del genio. Los documentos clínicos de Endenich, publicados íntegramente solo en 2006, cuentan en cambio una enfermedad y nada más, con su degradación y su soledad, y ninguna poesía. La música no necesita esa retórica: las Variaciones de los espíritus conmueven porque son hermosas, no porque quien las escribió estuviera mal. Y una cosa ha cambiado de verdad desde 1854: hoy se puede recibir ayuda frente a ese sufrimiento. Quien lo siente cerca, para sí o para otros, hace bien en pedir ayuda, enseguida y sin vergüenza.
