Vladimir Horowitz, 1986. Vía Wikimedia Commons.
Nueva York, Carnegie Hall, 9 de mayo de 1965. La cola para las entradas da la vuelta a la manzana desde hace dos días, con termos y sacos de dormir, y los periódicos envían a sus fotógrafos como a un suceso: porque lo es. Esa tarde Vladimir Horowitz vuelve a tocar en público tras doce años exactos de ausencia. Cuando sale a escena, el aplauso dura tanto que él se queda de pie junto al piano, desconcertado, esperando a que el público le permita empezar. El primer acorde del recital es ligeramente erróneo. A nadie le importa: la leyenda ya ha vuelto a ponerse en marcha.
La retirada había empezado en 1953, tras el concierto por los veinticinco años de su debut americano. El pianista mejor pagado y más mitificado del mundo, el hombre de los llenos absolutos y de las octavas que no parecían humanas, se había detenido sin más: agotamiento, depresión, el desgaste de una máquina concertística que lo trataba como a un fenómeno de feria de lujo, y que él mismo alimentaba y detestaba. Durante doce años vivió en su casa neoyorquina, saliendo lo mínimo indispensable: estudiaba, grababa de vez en cuando en el salón, recibía a pocos alumnos, y dejaba que el mundo se preguntara si volvería a oírlo. No fue la única retirada de su vida: ya se había detenido en los años treinta, volvería a detenerse en los setenta. La carrera de Horowitz, vista desde lejos, es una alternancia de eclipses y regresos, cada uno más clamoroso que el anterior, hasta el último y más conmovedor: Moscú 1986, el regreso a Rusia tras sesenta y un años, con los estudiantes de conservatorio colgados de las ventanas para oírlo.
Es instructivo poner este silencio junto a los otros dos que esta revista ha contado: Gould, que abandonó el escenario para siempre en nombre del estudio de grabación, y Kleiber, que apareció con cuentagotas toda su vida. Tres estrategias distintas frente al mismo enemigo, la máquina que devora a los intérpretes: Gould la despidió, Kleiber la dejó pasar hambre, Horowitz se dejó devorar a intervalos, huyendo cuando el mordisco llegaba al hueso. Su versión era la más humana y la menos teorizada: no un manifiesto, solo un hombre que sabía reconocer cuándo estaba a punto de romperse, en una época en que detenerse se consideraba un suicidio profesional y la palabra agotamiento se pronunciaba en voz baja.
Hoy lo llamaríamos burnout y se hablaría de ello en congresos. Entonces se llamaba capricho del genio, y el público perdonaba solo a condición de que el regreso fuera triunfal. Horowitz pagó la cuenta tres veces y tres veces volvió, la última con más de ochenta años cumplidos, con aquel sonido que los micrófonos nunca han captado por entero. La cola alrededor del Carnegie Hall en mayo de 1965 sigue siendo el monumento involuntario a la verdad que el oficio todavía cuesta aceptar: el silencio de un intérprete no es la interrupción de la carrera. Es una parte de ella, y a veces es la parte que salva todas las demás.
