Georg Friedrich Händel, retrato de Balthasar Denner. National Portrait Gallery, Londres, vía Wikimedia Commons (dominio público).
Hamburgo, 5 de diciembre de 1704, teatro de la ópera en el Gänsemarkt. En escena está la Cleopatra de Johann Mattheson, estrella de la ciudad a sus veintitrés años: compositor, cantante, diplomático en ciernes, hombre de éxito en todo. Esa noche canta él mismo el papel de Antonio, que tiene el buen gusto de morir a mitad de la ópera; después, como es su costumbre, baja al foso para recuperar su puesto al clave, desde el que se dirigía el espectáculo. Pero al clave hay un sajón de diecinueve años, testarudo, que no se levanta: Georg Friedrich Händel, su amigo, su protegido, y nada dispuesto a ceder la silla.
La discusión continúa fuera, en la plaza, ante el público que sale: palabras gruesas, luego las espadas, un duelo de verdad. En un momento dado la hoja de Mattheson alcanza a Händel en pleno pecho, y se rompe. Ha dado en un ancho botón metálico de la chaqueta. La fuente, y es lo mejor, es el propio Mattheson, que relató el episodio impreso años después, con la elegancia de quien sabe que estuvo a punto de pasar a la historia como el hombre que mató a Händel por una silla. Hicieron las paces enseguida: pocas semanas después Mattheson apadrinaba la primera ópera de su amigo, Almira, cantando incluso en ella.
La anécdota es irresistible, pero el contexto lo es más. Esa silla valía de verdad un duelo: en el clave se sentaba el poder. Quien estaba allí gobernaba el espectáculo, en la época en que el podio no existía, y para dos ambiciosos en Hamburgo la cuestión no era el mueble, era la sucesión al trono musical de la ciudad. La historia repartió luego los papeles con curiosa justicia: Händel se quedó con las óperas, Londres y la inmortalidad; Mattheson se quedó con la teoría, y escribió los libros con los que aún hoy reconstruimos cómo debía hacerse aquella música. De uno de esos libros, el más grande, hablamos mañana en estas páginas. El botón, por desgracia, no se ha conservado: es la única reliquia de la historia de la música que merecería una vitrina más que muchas partituras.
