por Antida Carelli
Mientras en Italia y en el extranjero las celebraciones por el 270 aniversario del nacimiento de Mozart se acercan a su fin, entre los diversos eventos a los que he tenido el placer de asistir este año me gusta recordar la matinal dominical que, en el marco del Bif&st 2026, tuvo como protagonista a Alessandro Baricco en el Teatro Petruzzelli de Bari. El escritor turinés, que el próximo 15 de noviembre subirá, junto al maestro Melozzi y a numerosos artistas de primer plano, al escenario de la Sala Santa Cecilia en el concierto de clausura del Romaeuropa Festival 2026, dedicó el encuentro a la figura de Mozart y fue a “rescatar” el Amadeus de 1984 del director checo Miloš Forman. Amada y detestada, celebrada y discutida, no es desde luego una película histórica ni biográfica en sentido estricto, pero tiene sin duda el mérito de haber acercado la figura de Wolfgang Amadeus Mozart a un público amplio, en su mayoría joven, es decir, precisamente el que hoy parece más difícil de atraer y de enamorar de la música clásica.
Acompañando al público en la lectura de una película que sigue interrogando al espectador mucho después de la proyección, Baricco explicó la Viena de la época, una industria del entretenimiento en la que la música era la banda sonora de unos aristócratas que pagaban por su diversión. Esto no rebaja la música de Mozart. Ningún músico de entonces pensaba que la música debiera ser expresión de las propias pasiones, ningún compositor del siglo XVIII entendía la música como un instrumento con el que pronunciar sus emociones; los músicos no se expresaban a sí mismos, nadie les pedía eso. Pero un nuevo poder se estaba abriendo camino, el desplazamiento de la aristocracia hacia la burguesía, que empezó a manifestarse en la época de Mozart y se consumó definitivamente en la de Beethoven. Mozart conseguía gustar a todos. En sus Academias aristócratas y burgueses se sentaban unos junto a otros, y él mismo representó un perfecto punto de encuentro entre dos estaciones sociales: de compositor de corte pasó a ser un profesional semilibre.
Forman y Hulce ponen en escena a un Mozart infantil e irreverente, los latidos de rebeldía de un héroe del rock que entra en la corte del Emperador seguro de sí mismo y sin etiqueta alguna. Y el propio Baricco, al definirlo como “un extravagante”, lo acerca al director Quentin Tarantino. Tendrían en común una idea de espectacularidad que la gente de entonces no tenía; no es que fuera mejor que Salieri, pero tenía una intensidad que sonaba exagerada y que sería luego la del público burgués que estaba por llegar. Seguía siendo un hijo del siglo XVIII, pero capaz de percibir un poco más allá.
Deteniéndose en la dimensión del genio y de la envidia, adentrándose en la tensión entre talento y deseo, Baricco aclara que no hay nada de cierto en la historia de la culpabilidad de Salieri, que la película da por descontada; resume bien un mundo, pero es impensable que haya ocurrido. Una escena que en la película impresiona siempre y hace sufrir mucho es la de la fosa común, pero Baricco nos recuerda la importancia de encuadrar estos hechos en su tiempo. La razón por la que ningún cortejo fúnebre lo acompañó es que llovía, como se ve. No conocían la sacralidad de ciertos momentos. Así, mientras Mozart muere, su mujer está en las termas, pero en un matrimonio del siglo XVIII el amor no era ni necesario ni aconsejable.
La proyección en el magnífico teatro de Bari creó una increíble y fascinante continuidad entre el anillo del teatro en la pantalla y el real del Petruzzelli, un único y emocionante círculo de magia que sin duda habría calentado el corazón de Mozart. Se hizo cine de una manera extrañísima. El propio Baricco, durante la lección, confesó una emoción muy por encima de lo previsto. Habría que ver estas películas en los teatros de ópera, de un modo envolvente y participativo, porque la música de Mozart, como decía Claudio Abbado, “regala alegría y un profundo sentido de bienestar que es hermoso compartir”.

