Contrabajo y arco atribuidos a Charles Plumerel, Mirecourt, siglo XVIII. Metropolitan Museum of Art. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
París, 1844. Hector Berlioz manda a imprenta el Grand traité d’instrumentation y, al llegar al último peldaño de la familia de las cuerdas, escribe dos líneas secas como un inventario: los contrabajos de tres cuerdas se afinan por quintas, los de cuatro por cuartas. Luego toma partido. El de cuatro cuerdas le parece preferible ante todo por la facilidad de ejecución, porque la afinación por cuartas no obliga al intérprete a démancher, a desplazar la mano por el mástil, para hacer la escala. Es el motivo entero, dicho por un compositor que no tocaba el contrabajo, y desde entonces nadie lo ha dicho mejor.
Violín, viola y violonchelo se afinan por quintas, y el contrabajo parece el pariente que no quiso aprender la regla de la casa. La regla, sin embargo, está hecha para una mano humana apoyada sobre una cuerda de cierta longitud. En el violín la parte vibrante mide unos 33 centímetros, en el violonchelo unos 70, en el contrabajo entre 103 y 110 según el tamaño. Las distancias entre las notas crecen en proporción. En una cuerda de 105 centímetros un semitono cerca de la cejuela ocupa casi seis centímetros, un tono entero más de once, una quinta unos 35. Una cuarta pide 26.
Aquí entra la mano. En la técnica codificada por Franz Simandl, contrabajista de la Ópera de la Corte de Viena, que publicó su método en 1881, en las posiciones bajas la izquierda usa solo el primero, el segundo y el cuarto dedo, con el tercero trabajando pegado al cuarto. Entre el primero y el meñique cabe un tono, no más. En la cuerda de Re, en primera posición, los dedos encuentran Mi, Fa y Fa sostenido. La nota siguiente, el Sol, es la cuerda al aire contigua, si esa cuerda está una cuarta por encima. Si estuviera una quinta por encima, el Sol y el Sol sostenido caerían en el vacío, entre la mano y la cuerda siguiente, y para alcanzarlos habría que desplazar todo el brazo. Multiplicado por cada escala, cada arpegio, cada pasaje rápido del repertorio sinfónico, marca la diferencia entre tocar y hacer una mudanza. Es lo que Berlioz llamaba démancher.
La historia, antes de llegar al Mi, La, Re, Sol de hoy, está llena de tentativas. El violone de la Viena del siglo XVIII, el de los conciertos de Dittersdorf y de Vanhal y de un concierto de Haydn que se perdió, se afinaba en re mayor, La, Re, Fa sostenido, La, por terceras y cuartas, a menudo con trastes en el mástil. En Francia se tocaba el de tres cuerdas por quintas, el que Berlioz descartaba; en Italia Giovanni Bottesini construyó su carrera de virtuoso sobre un tres cuerdas afinado La, Re, Sol, es decir, por cuartas, y sus conciertos se tocan a menudo con la afinación de solista, todas las cuerdas subidas un tono para hacerlas cantar. El de cuatro cuerdas por cuartas acabó imponiéndose en las orquestas del siglo XIX: era el instrumento en el que las partes cada vez más móviles del sinfonismo, de Beethoven en adelante, podían tocarse sin perder el camino. El propio Berlioz, en el mismo capítulo, reprocha a sus colegas escribir para el más pesado de los instrumentos diseños tan veloces que ni siquiera los violonchelos consiguen ejecutarlos.
La elección tiene un precio. Afinado por cuartas, el contrabajo no tiene las mismas cuerdas al aire que el violonchelo, y las quintas justas de la orquesta se le escurren entre los dedos. El canadiense Joel Quarrington, contrabajo principal de orquesta y el más conocido defensor de la afinación por quintas en el ámbito clásico, afina Do, Sol, Re, La, una octava por debajo del violonchelo, y sostiene que el instrumento responde más pronto y más resonante. Paga la elección con más desplazamientos de la mano, es decir, con la moneda que Berlioz quería ahorrar. En el jazz había hecho lo mismo Red Mitchell: son excepciones célebres precisamente porque siguen siendo excepciones.
El resto de la orquesta ha encontrado un compromiso mecánico. En muchas secciones de contrabajos la cuerda de Mi se alarga hacia la voluta con una extensión de madera y metal, con palancas o topes que se cierran a mano, porque el repertorio pide bajar hasta el Do grave. Es la nota que un instrumento afinado por quintas tendría gratis, a cuerda al aire. Los contrabajistas prefieren comprarla aparte y quedarse con las cuartas.
