La Capilla Sixtina. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
El Miserere de Gregorio Allegri era la pieza más protegida de Europa. Se interpretaba solo en la Capilla Sixtina, solo en la Semana Santa, a la luz de unas velas que se apagaban una a una; según la tradición, copiarlo o sacar las partes de allí estaba prohibido bajo pena de excomunión, y habrían salido pocas copias autorizadas en un siglo, con destino a cabezas coronadas. En torno a esa prohibición había crecido la fama: medio Grand Tour pasaba por Roma expresamente para oírlo.
En abril de 1770 pasaron también por Roma un padre y un hijo salzburgueses en gira. El miércoles santo, 11 de abril, asistieron a la función; de vuelta en el alojamiento, el muchacho de catorce años escribió el Miserere entero, de memoria. El viernes volvieron a escucharlo, con la hoja escondida en el sombrero, para corregir los detalles. No es una leyenda: lo cuenta el padre, Leopold Mozart, en una carta a su esposa fechada el 14 de abril de 1770, con el orgullo y la prudencia de quien sabe que tiene en casa un contrabando: lo tenemos, escribe, pero no queremos que este secreto caiga en otras manos.
El resto desmonta la mitad del mito y lo vuelve más interesante. La excomunión no llegó: el papa Clemente XIV, informado, convocó al muchacho y, en lugar de castigarlo, lo condecoró con la Orden de la Espuela de Oro. Y el secreto, a decir verdad, no estaba en las notas. La partitura del Miserere es un fabordón bastante sencillo, y en alguna forma ya circulaba: el verdadero tesoro eran los adornos no escritos que los cantores pontificios se transmitían de viva voz, el modo de florear aquellas armonías que ninguna copia podía capturar. Wolfgang se llevó lo único que se podía llevar, y el Vaticano lo sabía: por eso, quizá, la clemencia.
Última sorpresa, para los lectores que aman la filología: el célebre do sobreagudo del soprano, el escalofrío por el que el Miserere se programa todavía hoy, con toda probabilidad Mozart no lo oyó nunca. Las fuentes antiguas no lo contienen: los estudiosos lo atribuyen a un error de transcripción decimonónico, una combinación equivocada de dos pasajes que acabó impresa y se convirtió en tradición. La pieza más secreta de la cristiandad nos ha llegado a través de un oído adolescente y una errata: la historia de la música, como sabe quien ha leído la historia del Don Giovanni, también se hace así. Y la errata, hay que admitirlo, es preciosa.
