El 1 de junio de 1581, en Florencia, Vincenzo Galilei firmó la dedicatoria de un libro que había estado a punto de no salir. La dirigió a su protector, el conde Giovanni Bardi di Vernio, y metió en ella un desahogo que ningún editor de hoy dejaría pasar. Había entregado el manuscrito a unos impresores de Venecia el octubre anterior; ellos lo habían retenido durante meses, quizá para complacer a alguien que por envidia quería impedir su salida, y al final casi le habían negado el original. Antes de recuperarlo, escribe Galilei, ya había hecho imprimir dos tercios en Florencia a partir de un borrador que le había quedado en casa. El impresor florentino era Giorgio Marescotti. El título: Dialogo della musica antica, et della moderna.
El hombre que firmaba tenía unos sesenta años, había nacido hacia 1520 en Santa Maria a Monte, en el Valdarno, tocaba el laúd como profesional y tenía un hijo de diecisiete años llamado Galileo. En Venecia, en los años sesenta, había sido discípulo de Gioseffo Zarlino, el mayor teórico musical del siglo. El Dialogo estaba escrito contra él. Los interlocutores son el propio Bardi y Piero Strozzi, y la tesis, repetida a lo largo de ciento cincuenta páginas, es que la polifonía de los modernos, con sus voces entrelazadas que se roban las palabras unas a otras, ya no conmueve a nadie, mientras que la música de los antiguos, una sola voz que dice un texto, hacía llorar y enfurecer. En los salones de Bardi esa tesis ya tenía un nombre, la Camerata, y de allí a veinte años daría lugar a la ópera.
La pieza más valiosa del libro está, sin embargo, en la página 97, y no es un argumento. Es un documento. Galilei imprime en ella, con los signos originales sobre las sílabas griegas, los himnos que la filología atribuye a Mesomedes de Creta, poeta y músico en la corte del emperador Adriano: a la Musa, al Sol, a Némesis. En la página anterior cuenta de dónde vienen. Un caballero florentino los había encontrado en Roma, en la biblioteca del cardenal de Sant’Angelo, en unas hojas encuadernadas al final de un códice antiquísimo con los tratados de Arístides Quintiliano y de Briennio, y se los había enviado copiados con fidelidad. El caballero era Girolamo Mei, el filólogo que desde hacía años le explicaba por carta qué era realmente la música griega. Galilei los llama antiguas cantilenas y se los regala a los lectores.
No los transcribe. Bajo los himnos advierte solo que, si alguien traduce esos signos según la práctica moderna y encuentra notas extrañas o movimientos fuera de lo común, deberá echarle la culpa al tiempo y a la poca diligencia de los copistas. En el libro imprime también las tablas de Alipio, el teórico antiguo que había enumerado los símbolos de la notación griega: la llave para leerlos, entregada junto con la cerradura. Por primera vez un lector europeo podía tener en la mano música escrita por los griegos. Tocarla era otra cuestión. Quien había buscado en la Antigüedad un modelo que imitar se encontró con melodías mudas, y tuvo que inventarse por su cuenta el canto que pretendía restaurar.
El Dialogo contiene también un método, y aquí el libro mira hacia delante medio siglo. Galilei no se fiaba de los números que Zarlino heredaba de los pitagóricos. Quería pruebas del oído y de la mano. En los años siguientes, estimulado por Mei, colgó pesos de cuerdas de igual longitud y comprobó que para obtener la octava no bastaba un peso doble, hacía falta uno cuádruple, y que la quinta, relación de tres a dos sobre la longitud, pedía pesos en relación de nueve a cuatro. Lo publicó en 1589 en el Discorso intorno all’opere di messer Gioseffo Zarlino, de nuevo en Marescotti. Su hijo, entretanto, había empezado a enseñar matemáticas en Pisa.
Vincenzo Galilei murió en Florencia y fue sepultado el 2 de julio de 1591. En 1638 Galileo publicó en Leiden los Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, y en la primera jornada volvió a las cuerdas tensas, a los pesos y a las consonancias.
