Franz Liszt, foto de Nadar, marzo de 1886. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
El término no lo inventó un periodista musical sino un poeta: Lisztomanía, lo escribió Heinrich Heine en 1844, en busca de una palabra clínica para un fenómeno sin precedentes y que la palabra «fan», todavía por inventar, habría descrito a la perfección. En los conciertos berlineses de Franz Liszt, en 1841 y 1842, ocurrían cosas nunca vistas en una sala: señoras que se arrancaban de las manos los guantes que él había olvidado sobre el piano, pañuelos hechos pedazos como reliquias, mechones de pelo implorados y obtenidos, cuerdas de piano rotas durante el concierto convertidas en pulseras. La documentación de la época registra coleccionismos al límite de lo clínico: colillas de puro recogidas donde el maestro las dejaba y llevadas al cuello dentro de medallones, y los posos de su café conservados en frasquitos de vidrio.
Sería fácil despachar todo como histeria de época, y de hecho los médicos de entonces lo intentaron, discutiendo la Lisztomanía como una posible patología contagiosa. Pero el fenómeno tenía una base solidísima: Liszt había inventado, pieza a pieza, el espectáculo pianístico moderno. Fue él quien impuso el recital en solitario, un hombre solo durante una velada entera, algo hasta entonces impensable, y suya es la frase que lo fundó: el concierto soy yo. Fue él quien giró el piano de perfil, para que el público viera las manos y el perfil, precisamente; él quien tocaba de memoria, quien salía a escena con unos guantes que se quitaba lentamente, quien construía el programa como una dramaturgia. Todo pianista que hoy sale a escena camina dentro de una escenografía diseñada por Liszt hace ciento ochenta años.
Y está el final, que ninguna estrella del rock ha tenido nunca el valor de imitar: en 1847, a los treinta y cinco años, en el apogeo absoluto de la manía, Liszt lo dejó. Cerró para siempre su carrera de virtuoso itinerante, se instaló en Weimar para dirigir, componer y enseñar, gratuitamente, a generaciones de alumnos, como su maestro Czerny había hecho con él. El mayor divo del siglo pasó la mitad de su vida deshaciendo el divismo que había inventado, acabó vestido de abate y murió pobre por elección, tras haber regalado casi todo. La Lisztomanía era una enfermedad del público. El paciente cero, curiosamente, era el único inmune.
