«The Cello Player». Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Para entender qué perdió la música hay que partir de lo que tenía. Jacqueline du Pré, inglesa, violonchelista, fue en los años sesenta un fenómeno que no se había visto nunca: una ejecutante que tocaba con el cuerpo entero, el pelo, los codos, una alegría física tan visible que los puristas la acusaban de exceso y el público la adoraba sin reservas. Su grabación del concierto de Elgar, registrada a los veinte años con Barbirolli, en 1965, es una de esas pocas grabaciones que han cambiado para siempre la manera de tocar una obra: desde entonces, quienquiera que aborde el Elgar está hablando con ella, quiera o no. Casada con Daniel Barenboim en 1967, en el centro del grupo de jóvenes leones que dominaba la escena, parecía al comienzo de una carrera de medio siglo.
Las primeras señales llegaron como tropiezos absurdos: los dedos que ya no sentían las cuerdas, el cansancio repentino, el arco que pesaba. Durante meses se habló de agotamiento, de crisis psicológica, del precio de la fama; ella misma contará el desconcierto de no fiarse ya de sus propias manos sin saber por qué. El diagnóstico llegó en 1973: esclerosis múltiple. Tenía veintiocho años. Aquel año dio sus últimos conciertos, con la sensibilidad de los dedos yendo y viniendo; después el violonchelo calló. Vivió todavía catorce años, enseñando desde la silla de ruedas, acompañada por sus amigos músicos, hasta su muerte en 1987, a los cuarenta y dos años.
La historia de du Pré se ha convertido, con los años, en materia de libros y de una película controvertida, con la familia dividida sobre las memorias: no es nuestro terreno, y no entramos en ello. Lo que concierne a una revista de música es otra cosa. Primero: el repertorio. En una carrera concertística de apenas diez años, du Pré dejó grabaciones que siguen siendo la referencia sesenta años después, y esto dice algo importante contra la retórica de la larga maduración: ciertas verdades interpretativas llegan enteras a los veinte años, o no llegan. Segundo: el cuerpo. Su historia recuerda, del modo más cruel, lo que el oficio prefiere olvidar y que ya la historia de la Malibran gritaba: el intérprete es un atleta, y su verdadero instrumento es biológico, frágil, insustituible. Cada vez que el Elgar de aquel disco de 1965 vuelve a arrancar, con ese primer ataque que parece una puerta abierta de par en par, ahí dentro está toda su salud de entonces, intacta para siempre: es lo más cercano a la inmortalidad física que la técnica de la grabación ha regalado jamás a nadie. Y si esta historia toca algo cercano, para vosotros o para quien amáis, las asociaciones de esclerosis múltiple existen y escuchan: la mejor manera de honrar a Jacqueline du Pré es también esta.
