de Luisa De Vita
Hoy hablamos de Consuelo, la protagonista de la novela homónima de George Sand, seudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin: una escritora que supo imponerse como voz solista en un panorama literario europeo dominado casi solo por hombres. Para que la Consuelo de la novela resulte creíble hace falta un modelo real, una cantante de carne y hueso que haya recorrido de verdad las etapas de sacrificio que llevan al éxito. Gran parte de los rasgos externos y de los comportamientos, profesionales y humanos, de la gitana Consuelo proceden de la vida de Pauline Viardot.

Como todo artista que usa a sus amigos como modelos para sus creaciones, George Sand habrá conversado largo rato con Pauline para documentarse sobre su vida. Y habrá descubierto que Pauline venía de un linaje de cantantes: su padre, Manuel García, era uno de los nombres más hermosos del firmamento rossiniano. Sand estudiaba a su amiga y, como el espejo de Wilde, absorbía su carácter y sus gestos para trasladarlos a Consuelo. Pauline era sin duda consciente de esa apropiación de su personalidad, y estaba encantada.
La novela, publicada entre 1842 y 1843, cuenta la historia de una joven cantante pobre y llena de talento, criada en Venecia y descubierta por el maestro Porpora. Decepcionada por su novio Anzoleto, Consuelo parte hacia Bohemia como profesora de canto en casa de una familia noble. Allí el conde Albert se enamora de ella y le pide que se case con él; pero la joven, dividida entre el amor y el deseo de independencia y de carrera, emprende un viaje aventurero hasta Viena junto con el joven Haydn, para pedir consejo a su maestro. La propia Sand, aun reconociendo varios límites a la novela, la consideraba interesante porque devuelve el espíritu del siglo XVIII: la época de María Teresa, de Federico II de Prusia, de Voltaire y de Cagliostro, un siglo lleno de contrastes entre arte, filosofía, misterio y grandes revoluciones.
La novela despierta enseguida el interés de los músicos. Meyerbeer le confía a Pauline Viardot que quiere sacar de ella una ópera, pero el proyecto no cobra forma. También Franz Liszt pensó en una Consuelo: da fe de ello la Revue et Gazette musicale de París, que anunciaba su intención de poner en música una parte de la novela y hablaba explícitamente de personajes e intérpretes. Del proyecto, sin embargo, no queda rastro en la correspondencia entre Liszt y Sand, y en ella no se nombra nunca a Pauline Viardot, la única cantante dispuesta a asumir la apariencia de Consuelo.

Para tener una Consuelo toda italiana hay que llegar a finales del siglo, con la comedia lírica homónima en tres actos de Giacomo Orefice, cuya partitura gana el concurso Baruzzi convocado en 1894 por el Ayuntamiento de Bolonia. La música de Orefice sigue hoy custodiada en archivos familiares y es de hecho inaccesible, y no es posible juzgarla. Es más fácil razonar sobre la versión de Alfonso Rendano, de 1902, en un prólogo y tres actos, con libreto de Francesco Cimmino.
La ópera conserva algunas semejanzas con la novela: el prólogo, los tres actos y los cuadros interiores siguen una estructura cercana a la de Sand. Pero la síntesis que impone el teatro crea dificultades en la adaptación musical, y es también por esto por lo que la ópera fue muy criticada, sobre todo por los críticos alemanes de la Frankfurter Zeitung. No es este el lugar para una comparación sistemática entre novela y libreto; cabe pensar que muchas diferencias nacen de decisiones del libretista al leer la escritura de la autora. La ópera, por lo demás, es un género fuertemente convencional, y su público, históricamente conservador, ha resistido a menudo las innovaciones más radicales: de ahí nace una tensión constante entre deseo de renovación y fidelidad a la tradición. El trabajo de Cimmino merece de todos modos ser tomado en serio: su lenguaje fue juzgado arcaico, pero conserva una discreta fuerza narrativa y dramática.
Queda una pregunta, que afecta a toda la ópera lírica. ¿Por qué mata a sus heroínas? ¿Por qué las mujeres, en escena, acaban casi siempre por morir? No es solo gusto por la tragedia ni un recurso narrativo. En la ópera la muerte femenina es a menudo una necesidad estructural: el punto en que el relato se cierra, el momento en que la emoción se cumple, pero también el paso que «restablece el orden». Las heroínas raramente pueden limitarse a marcharse. Su libertad, incluso cuando solo se apunta, parece no poder quedar abierta. Sobre ellas se consuman la culpa, el deseo, la redención de los demás; y sin embargo dentro de este mecanismo cruel queda algo potente, porque cantan hasta el último instante. Esas voces no desaparecen, y nos dejan una pregunta: ¿quién habría podido ser esa mujer, si la historia le hubiera concedido vivir?
Para intentar responder vuelvo a Consuelo. En el final de la novela, antes de la muerte de Albert, se celebra el matrimonio entre él y Consuelo, por voluntad del conde Christian pese a los obstáculos religiosos y canónicos. Inmediatamente después de la ceremonia Albert muere en brazos de sus familiares. La novela se cierra mostrando a Consuelo afrontando el dolor con dignidad y madurez espiritual: el título de condesa cuenta poco, para ella, frente a los sentimientos y la profundidad moral que la guían. También en la ópera Consuelo encarna un modelo femenino nuevo para el siglo XIX: libre, independiente, movida por una profunda tensión moral y artística. Un arquetipo de emancipación y de conciencia, para el cual el título de condesa de Rudolstadt es solo un oropel social, porque su corazón y su mente han podido vivir sin seguir cánones establecidos por otros. Consuelo, a diferencia de sus hermanas de escenario, no muere.
Bibliografía
F. Battaglia, Alfonso Rendano e il suo sogno teatrale, saggio introduttivo all’edizione del libretto, Bongiovanni, Bologna 2004.
S. Ragni, I viaggiatori musicali nell’Italia del Settecento, vol. IV: Consuelo di George Sand, Guerra Edizioni, Perugia 2019, pp. 95-113.
M.P. Rambeau, La femme musicienne: représentations et enjeux dans l’œuvre de George Sand, CNRS Éditions, 16, 2016, pp. 56-73.
G. Sand, Consuelo, UTET, Torino 1947 (2 voll.).
G. Sand, Storia della mia vita, a cura di Marina Piazza e Paola Forti, La Tartaruga, Milano 1994.
