Eduard Hanslick. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Viena, 1854. Un jurista de treinta años prestado a la crítica musical, Eduard Hanslick, publica un ensayo breve de título técnico, Vom Musikalisch-Schönen, De lo bello en la música, destinado a convertirse en el libro más discutido jamás escrito sobre la música. La tesis cabe en una fórmula que lleva ciento setenta años generando duelos: el contenido de la música son formas sonoras en movimiento. No los sentimientos, que la música no puede representar con precisión; no las historias, ni los atardeceres, ni las pasiones del compositor. Sonidos que se mueven, y la belleza que nace de su movimiento, como nace de los arabescos o de un calidoscopio: todo lo demás es lo que nosotros proyectamos encima.
El libro cayó en la Viena dividida que conocemos: de un lado los wagnerianos y los lisztianos, la música del porvenir, los poemas sinfónicos que cuentan; del otro el partido de Brahms, la música que se sostiene sobre la forma. Hanslick se convirtió en el general del segundo frente y, durante treinta años, desde su columna en la Neue Freie Presse, en el crítico más poderoso de Europa: sus demoliciones de Wagner y de Bruckner son antología del género, feroces, ingeniosas y a menudo injustas, y Wagner se vengó del modo más wagneriano posible, caricaturizándolo en Los maestros cantores bajo los rasgos del pedante Beckmesser. Ningún crítico ha recibido nunca de un enemigo un monumento más duradero.
Releído hoy, y el ejemplar, en reproducción, está en la biblioteca de Melos junto a los periódicos partidistas del siglo XIX, el libro sorprende por lo poco árido que resulta frente a su fama. Hanslick no niega que la música nos conmueva: niega que la conmoción sea su contenido, y distingue entre lo que la música es y lo que la música hace. Su verdadera polémica es contra la escucha patológica, como la llama: la que usa la música como bañera emocional, sin escuchar nada. Y es aquí donde el viejo jurista habla derecho a nuestro siglo, que de la música como fondo emocional ha hecho una industria: las listas de reproducción por estados de ánimo son exactamente la escucha que Hanslick diagnosticaba, la música reducida a fármaco para el ánimo, con la forma tirada por la borda.
La posición de esta revista, los lectores la conocen: el público no tiene que entender, tiene que dejarse llevar, lo que nos pone, en apariencia, del lado de los enemigos de Hanslick. Pero la contradicción es falsa, y resolverla es la manera correcta de despedir este mes de lecturas: dejarse llevar por formas sonoras en movimiento es posible, es incluso la experiencia musical más plena que existe, y no requiere ninguna licenciatura. Hanslick defendía el objeto, nosotros defendemos el acceso: las dos batallas caben perfectamente en la misma revista. Es con libros así, los que nos quitan la razón con inteligencia, como una biblioteca sirve de verdad.
