Johann Mattheson. Vía Wikimedia Commons (dominio público).
Ayer lo dejamos con la espada rota contra el botón de Händel. Pero Johann Mattheson merece ser recordado por lo que hizo con la pluma: en 1739 publicó en Hamburgo Der vollkommene Capellmeister, el maestro de capilla perfecto, el manual del oficio musical más ambicioso que produjo el siglo XVIII. Quinientas páginas apretadas que prometen, dice la portada con maravillosa desfachatez, todo lo que debe saber quien quiera presidir dignamente una capilla musical, y lo cumplen.
Dentro está el organigrama completo de un oficio desaparecido. El maestro de capilla del siglo XVIII era director artístico, compositor residente, profesor, administrador y diplomático: Mattheson le explica cómo escribir una fuga y cómo tratar con un príncipe, cómo juzgar a un cantante y cómo programar el año litúrgico. Está el primer gran catálogo de los estilos nacionales, con el italiano, el francés y el alemán puestos frente a frente sin demasiada diplomacia. Y está sobre todo la suma de la teoría de los afectos: la idea, que el siglo XVIII se tomaba en serio como una física, de que cada tonalidad, cada ritmo, cada figura melódica mueve en el oyente una pasión precisa, y de que el compositor es un retórico que gobierna los sentimientos ajenos como un abogado gobierna una sala.
Es el libro del que los musicólogos han sacado media práctica interpretativa barroca, y es también, a su manera, un monumento a la envidia productiva. Mattheson tenía el talento más raro: reconocer el genio ajeno y sobrevivirle escribiendo sobre él. Fue el primer biógrafo de Händel, el recopilador de noticias sobre Bach cuando Bach no interesaba a nadie, el fundador del periodismo musical alemán con sus revistas polémicas. Sordo en sus últimas décadas, siguió escribiendo hasta la muerte, y quiso ser enterrado en la catedral de Hamburgo con un funeral grandioso que él mismo se había organizado, en los detalles, por escrito: maestro de capilla perfecto también de su propia salida de escena.
El Capellmeister está en la biblioteca de Melos junto a Quantz y al Versuch de Emanuel Bach, y de los tres es el más ambicioso: los otros enseñan a tocar, él enseña a mandar. Quien dirija hoy cualquier cosa, un teatro, un festival, una redacción, encontrará dentro más actualidad de la que esté dispuesto a admitir.
