Enrico Melozzi
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Una página del Graduale Aboense, siglo XIV. Vía Wikimedia Commons (dominio público).

Hay una fecha, una sola, que la historia de la música puede declarar con certeza notarial: el día de Navidad de 1198, en la catedral de Notre-Dame de París, una segunda voz se sumó al canto. Es la primera polifonía que se puede fechar con exactitud, y el hombre que guiaba a aquellos músicos se llamaba Léonin. De él no sabemos casi nada. Sabemos lo que abrió: Alessandro Baricco, en la Breve storia eretica della musica classica, de la que ya hemos contado el capítulo sobre los griegos mudos, lo llama el abanico, y la lentitud con que ese abanico se abrió es lo más vertiginoso del libro. Ciento cincuenta años después de Léonin, la Misa a cuatro voces de Machaut. Otros doscientos veinte, y las cuarenta voces del motete de Tallis. Un siglo entero para que desde Inglaterra llegara la noticia de que también la tercera, el intervalo que hoy nos parece la esencia misma de la armonía, sonaba bien.

Para explicar ese paso de eternidad, Baricco usa la metáfora más fecunda del libro: los músicos medievales eran cazadores-recolectores. Salían cada día al bosque de los sonidos y tomaban lo que la naturaleza soltaba, sin asomarse demasiado, conformándose con los frutos de las ramas bajas. No acumulaban, no cercaban, no domesticaban: consumían enseguida, en pequeñas comunidades, considerando cada nota un diálogo con lo sagrado. No tenían tonalidad, casi no tenían nombres para las notas, y en quinientos años hicieron el progreso técnico que Beethoven, él solo, cubriría en veinticuatro. No porque fueran lentos: porque no estaban en la tierra para poseerla, sino para recibirla.

La consecuencia, que es el punto más herético del capítulo, es que la Primera Música no debe escucharse como música de niños, un borrador a la espera de madurar en Bach y en Mozart. Está en otra parte, escribe Baricco: no atrás, en otro lugar. Un modo distinto de estar en el mundo, no una estación distinta del mismo crecimiento. Es más, en Bach y Beethoven llega a oír una torsión de colonizadores, la ferocidad estetizante de quien pone los sonidos bajo la prensa, y para recuperar la mansedumbre de aquel acoger habrá que esperar a John Cage.

Se puede discutir, y ahí está la gracia. Pero quien quiera hacer la prueba práctica que escuche media hora de Josquin o de Dufay con esta imagen en la cabeza, el vagabundeo de quien recoge y no siembra, y que luego ponga una fuga de Bach: el salto entre los dos mundos se siente en el cuerpo, antes que en el juicio. El libro está en la biblioteca de Melos, estante de historia y crítica, junto a los tratados de quienes aquellos sonidos los tuvieron luego, definitivamente, atados en corto.

Il testo è delIl Coro di Melos di Melos
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